domingo, 28 de diciembre de 2014

VENTURAS Y DESVENTURAS DE UN FINDE MONTERO PRENAVIDEÑO. POR DON JOSÉ CALABRÚS LARA EN EL DIA DE LOS SANTOS INOCENTES


  A Juan, a Diego, a Antonio, a Javi y a Germán y Perico,
 los samaritanos. Y a Alvarito

Pues señor –como empiezan los cuentos antiguos – el viernes 19 por la tarde,
estaba inquieto e ilusionado por el fin de semana: sábado “Montealegre”, cupo corrido
-me quedaban dos venados y un gamo- y domingo “el Rapao”; dos fincas señeras con
los mejores recuerdos. Con la miel en los labios me fui para el campo, preparé los
alchiperres, armas y viandas, todo al coche y ¡al canto de vísperas!: media botella de
“Ercavio” – buen vino toledano- y un plato de jamón junto a la chimenea; tempranito, a
la cama; soñé con mis dos venados, el gamo y algunas gamillas que saltaban y
bailaban como los peces en el río.
El sábado a las siete tras el aseo mínimo José y yo cogemos el coche con
mucha niebla hasta Andujar e iniciamos el ascenso al Cerro que subimos “con gran
devoción” y “en llegando a San Ginés mirando a mano derecha", canto y Salve a la
Morenita, en los vericuetos del jabalí alcanzamos a seguir hasta la finca a un suicida
secretario camino del "Peñón" cabalgando “un amotillo” con frío pelón jugándose la
vida en cada curva.
En la Junta fresquito, junto al río, sin carpa y con el menaje recién sacado del
congelador, las migas ¡milagro! estaban en su punto, los huevos fritos como deben
ser -yema clara y clara dura- agradable compañía y mejor charla; rezo,
apercibimientos y advertencias -sermón de Juan Lillo en el desierto- sorteo; saco el
primero, me toca el 3 de “el Cortijero", cierre y huida de “las Minillas" de grato
recuerdo -dos gamazos y un buen venao- hace quince días; antes de cerrar, larga
espera por un quítame allá esas rehalas.
El puesto, sucio de pinos, con dos canutos que subían del barranco y unas
navillas querenciosas, hozadas de guarros; la cosa pintaba bien; de vecinos, en el 2,
alguien de la propiedad que disparaba a modo, con mucho ruido y pocas nueces y en
el 4 Diego Medina y su prole; testigo, el secretario; en Montealegre han resucitado
esta vieja figura, a medio camino entre fiel/colaborador y espía/enemigo pagado, Juan
“Motica” de apodo, zahorí, todo un pozo de ciencia serreña y más retranca que un
portón. Transcurría la mañana sin coger siquiera el rifle, solo pasaron ciervas y gamas
que yo, galante, dejaba pasar para que sigan las labores propias de su sexo -nunca
me gustó matar hembras- ¡y los varones no llegaban! los guarros estarían con
“solitario” y no comparecieron pese a estar citados en forma. Frisando la una, cruzan
siete venaetes zagalones, cuernifinos y mal comidos, por la marcha que llevaban iban
a tomar el Ave en la nueva estación de Villanueva de Córdoba; les envié una salva de
compromiso en forma de saludo, nada; José ni hizo intención de coger el rifle, el paso
que llevaban no les permitía detenerse ni para saludar.
Dimos cuenta del taco, con buena colaboración del secretario y una botella de
“Habla del silencio”, vino extremeño, trujillano, muy apropiado para lances de caza,
por lo del silencio que habla; los machos del Peñón de Montealegre no acudían a la
cita salvo aquellos mozalbetes precipitados; los gamos tampoco secundaban a sus
damas juguetonas; uno se asomó a una risca, lejos y debió pensar que no le apetecía
el juego en que le iba el tipo, se volvió sin dar la cara.
Pasadas las dos, la hora de los grandes venados y de los mejores cochinos
cuando dábamos la fiesta por amortizada, oigo a mi izquierda un ruido que venía del 2
tendido del 4, jurisdicción de Diego; seis venados, seis, buen encierro para una
corrida; todos buenos y el último un "pavo" con palmas de cinco puntas coronando,
los seis se mostraron por el viso; justo en el puñetero viso; para mi pesar, yo veía el
cielo azul, límpido, detrás de la silueta de aquel bicho mientras metía el codillo en la
cruceta; mi corazón latía más de lo que aconseja mi cardióloga. “Estatuario”, porque
ese debe ser su nombre, no se movía por nada del mundo, yo suplicaba en silencio
que diera solo dos o tres pasos para enterrar la bala; nada; ¿cómo tirar así?; la
trayectoria que seguiría el bicho cuando le diera la real gana de moverse me dejaba
cinco metros -solo cinco metros- y lo taparía un pino, un grupo de pinacos de la época
de Franco con los que no ha podido la memoria histórica, que me lo iba a quitar de la
vista, quizás para siempre. Efectivamente, arreón y alza el vuelo, lo tiré de pico, como
a las tórtolas, en los cinco dichosos metros que tenía; tan pronto mi ojo vio tierra
detrás de aquella jodida paletilla, disparé, hizo un amago ¿lo habría herido? ¿caería?,
José y el Secretario creían que sí, para mí que no; lo vimos cruzar, al trasluzón unas
riscas y taparse. Lo tuve claro, había perdido un pavo de campeonato que ya
empezaba hacerse mítico; registrado el terreno, “Motica” diagnosticó que no había
sangre; el animal se encogió "de oído" por el susto y se fue a criar, mientras, al saltar
la risca percibí que me hacía un corte de mangas.
Con las agujas del reloj frisando las tres, se esfumaron mis dos venados y mi
gamo, cabreo in crescendo, recogimos; en la Junta Diego corre a felicitarme “por el
gran venado que yo había matado” dándolo por hecho; él –juraba- lo dejó pasar para
mí ó ¿le quedaba cupo? Yo no tenía perdón de Dios, aunque juro que sin tirar al viso,
solo puede hacerlo en décimas de segundo, ¿cuántas explicaciones?. Fueron
llegando los monteros y Diego predicaba para mi pesar las virtudes de aquel "pavo" y
yo, compungido, sabiendo que no mentía; poca publicidad para tan gran tropiezo; me
reconcomía poniendo a mal tiempo –una preciosa y tibia tarde preinvernal- buena
cara.
La comida espléndida, por un día, los Villén cumplieron mejor que mi venado y
mejor que yo; a la vuelta llegamos a ver a la Reina de la Sierra, rezamos una Salve y
ella que es Madre, me sonrió; en la mirada también me pareció percibir una cierta
ironía.
Llegamos a casa al filo de las siete; había que ir a misa y guardamos los rifles
para no dejarlos en el coche; el cura explicó el evangelio del bueno de San José peor
que lo hiciera Jose María Pardo por la mañana mientras esperábamos. De vuelta a
casa recebé el morral de los estragos del día y tras un pan y aceite en la lumbre, a
dormir, a olvidar a Estatuario y soñar con los que esperaban berreando en el Rapao.
Amaneció el Domingo ya camino del Cerro de nuevo, kilómetro 17,400 de la
Carretera de Puertollano, a la izquierda; el Rapao, en el centro de la mancha, la Junta;
desayuno frugal, de Domingo, sin migas y los huevos como siempre (manifiestamente
mejorables) en el patio de la casa, que “es particular y si llueva se moja como los
demás”, las mesas en cuesta y cojas, apretando la barriga para mantener el equilibrio
de tazas, platos y copas; todavía duraba el cachondeito fino del lance del “pavo” del
“Cortijero”. Sorteo, Juan adornado por la sombra de una cuerna de vaca; la mano
inocente de José saca un buen puesto, el 4 de “las Losas”, orden de salida el último,
tiene un gran pandero enfrente y los bichos cruzan en todas direcciones, dicen.
Dejamos en el 1 a mi primo Antonio Calabrús, en el 3 a Germán, Perico y sus
niñas, llegamos al 4; el puesto bonito, en tres chaparrillos, buen aire y sol de lado, a la
izquierda del camino, a unos cien metros; vamos a sacar los apechusques y al abrir el
portón del coche, nos quedamos impertérritos ¿¿¿dónde están los rifles???, caigo en
la cuenta que los saqué para ir a misa y esta mañana cogí solo el morral; ¡¡¡los rifles 3
quedaron enfundados junto al armero!!!, a más de cien kilómetros, Jose y yo sufrimos
una risa nerviosa que nos quita el habla, ante la increíble mirada del postor.
Decidimos que José vaya a pedir auxilio a los puestos vecinos: Perico, Germán –
vecinos- Javier y Antonio –en la misma armada- eran los destinatarios de nuestra
cuestación de ¡un rifle por el amor de Dios!
¿Me habrían pasado cosas en cuarenta años de sierra? Como ésta, ninguna;
quedé rezando cuanto supe, instalando el puesto, abriendo los prismáticos y cogiendo
piedras, si se acercaba algún venado, lo intentaría, podía haber suerte. Un cuarto de
hora después vuelve José y ¡milagro de la solidaridad venatoria! y la fraternidad que
caracteriza a los viejos morteros; San Humberto había acogido mis súplicas; José
exhibía como una joya, un Remington 30.06 para zurdos que le había dejado Germán,
quitándoselo de sus manos ¡eso es caridad! Compartirían el de Perico. A cargar; mi
mano derecha buscaba lo que no encontraba: el cerrojo, con mil fatiguitas, lo dejé en
disposición de tiro. Dicen que los gitanos no gustan de buenos principios.
No habían pasado diez minutos cuando en el paredón de enfrente a 250
metros, debuta un buen venado, me tiro el rifle a la cara, el visor 3-18x50 -yo utilizo
menos aumentos- casi me permitía acariciarlo pero me obligaba a meter el ojo más de
la cuenta; disparo tras averiguar cómo se quita el seguro y el bicho pegó un salto y
cayó a los tres pasos, pensé ¡muerto!; uno del cupo. Los perros empezaron a mover
la caza y vimos venaetes corriendo con sus ciervas como almas en pena; no había
forma de que cumplieran, al pasar los perros por donde estaba el caído, junto a dos
chaparrillas, nada cantan.
En estas, un ruido detrás, dos o tres venados con cuatro o seis ciervas, a tiro,
100 metros; elijo el mejor, está rodeado de otros y otras, disparo y el bicho se
estremece, se deshace el grupo, cada uno corre en una dirección, intento cargar, la
mano derecha loca buscando el cerrojo, al final lo consigo y nuevo tiro, lo veo caer, el
venado está allí ¡seguro!, los demás se han ido.
He hecho el cupo –bien está lo que bien acaba- pues había cedido mis dos
ciervas a mi sobrino Javi, atacamos el taco, también había olvidado la Coca-Cola de
José y en justa compensación hube de cederle una parte del Cune pequeñito que me
supo a gloria y a poco. En estas oímos la voz del “Motica” nuestro secretario de ayer,
que hoy aparece en funciones de “maestro de sierra”, grita que unos perros están
liados con una cierva ¿qué cierva?; viene al puesto a beber agua y dice que lo que
hay detrás es una cierva, José y yo juramos en arameo, somos objetores en matar
ciervas que nada nos han hecho; he disparado a un venado mediano, con cuernos,
voy al sitio y efectivamente en un gran charco de sangre, impropio de tan leve animal,
hay un cierva, ¿y el venado? “Motica” insiste que yo he matado la cierva; ha sido de
carambola, José no se lo creía y va a comprobarlo, a tocar sangre como Santo Tomás
y vuelve sin dar crédito a lo visto; recapacito, vuelvo a ver la cierva, por si arranca
algún reguero de sangre y sí, observo que un rastrillo. Veo a José gesticular mucho
con “nuestro” rifle en la mano y a dos "pavos" corriendo, por prudencia no tira, al no
localizarme y los venados se marchan muy dignos.
José estaba dispuesto a ir a visitar al primer venao, por si necesitaba los
auxilios espirituales, pero en estas, va el tío y -como Lázaro- se levanta, tan pancho y
en lugar de andar convaleciente, corre como alma que lleva al diablo. Puestas así las
cosas, recuperábamos un venado del cupo; cabe esperar otro lance, después de tres
tiros, le había cogido el tranquillo al del cerrojo zocato.
Al ratillo viene un bicho, loco de la vida, que no era para perder el sentido
(once puntejas aunque abierto) que me saluda entre las jaras y al primer tiro lo pincho
y en el segundo, también acierto; me dejó un recado: que me esperaba en el arroyo,
en el quinto pino, la quinta puñeta, que al Rapao no llegaron las coníferas. Como no
había secretario, para una vez que hace falta, casi tuve que nadar para ponerle la
etiqueta e intentar desvelar el enigma del venado travestido en cierva; Germán dice
que lo vio pasar, si era ese, que luego llegó a la Junta de carnes -no lo creo- era un
bicho más feo que Picio, con los cuernos del revés, ¡lo que yo tiré era otra cosa! Estoy
seguro, porque lo ví muy cerca y le di dos tiros, que compartió con la novia.
Resumen estadístico: vistos más de diez venados, tirados tres, cobrados uno
¡y una cierva!; otro se fue a criar y el otro, el que se dejó a su compañera en el
camino, o era el feo o lo señalarán los buitres, guarda mediante.
En la Junta, mi primo Antonio exhibía orgulloso un gran venado, hicimos novio a
Alvarito, del encaste Pardo/Moraleda que ha dado, da y dará días de gloria a la
venatoria en Sierra Morena; tras las felicitaciones navideñas, cada mochuelo a su
olivo; 2015 empieza por Navamuñoz. Con el “regomello” de sí nos tocará la lotería de
Grupo nos separamos. Si toca, compraremos media sierra y los venados vendrán a
buscar nuestro rifle cuando se nos olvide. No ha caído esa breva.
¡Lo que da de sí en aventuras, un fin de semana de caza mayor! Os lo cuento porque
la venatoria tiene días de grandeza y de servidumbre; es mi regalo navideño –en día
de Inocentes- a mis compañeros del Grupo Miranda.

José Calabrús

4 comentarios:

Picatoste I dijo...

¡Exquisito relato!

GRUPO DEPORTIVO MIRANDA dijo...

A D. José Calabrús y Lara, a quien creo que disfruta más de la pluma y del tintero que de las artes venatorias, y quien ha relatado con justicia y honor lo que aconteció entre el puesto 3 y 4 del Cortijero, en la mancha del Peñón de las Minillas, de lo que doy fe. Muchas gracias Pepe, por compartir con todos este magnifico escrito, para el disfrute de todos los monteros del Grupo Miranda, a los que desde aquí les deseo un FELIZ AÑO NUEVO. Un abrazo para todos.
Diego Medina

El Juli dijo...

Hacía tiempo que no disfrutaba tanto de un relato tan bien contado.

Feliz Navidad a todos.

ÁNGEL PEÑA dijo...

Amigo José Calabrús.
Hoy domingo,me he quedado en la retranca de la chimenea de casa, - por cierto vaya puestazo - nada más sentarme en el catrecillo, me cumplen de buenas, vareteando no solo las jaras, sino las páginas de estos nuevos medios de comunicación, tus venturas y desventuras.
Las he leído y releído con gusto una y otra vez. Huele tu prosa a sierra profunda. Tu pluma atemperada, tiene el adjetivo de cercana, sencilla, estilista va rozando sensaciones que muchos no saben ver en la montería. Has pregonado, cual buen podenquero el lance que pudo ser y no fue en el 3 del Cortijero, dejando un regusto a sabor sepia, a modestia montera.
Del mal trago del rifle, mientras ya crujía el monte en arrollones, sacas frescura para sonreír, fuerzas para levantar tu pequeño monumento a la amistad, encarnada con sus hechos y tus palabras en esos monteros samaritanos. Y no puedes evitar rezar a Dios, por tener la suerte de estar hoy monteando en la sierra de María Santísima de la Cabeza.
Solo hay que tener casta montera, para engancharnos con tu relato. Has demostrado tu ya reconocida honradez, tu modestia humana y ser como bien dice mi "DOCE PUNTAS" un MONTERO con MAYUSCULA, para saber entender la apasionada incertidumbre que supone montear, disfrutar la montería y compartir todo ese popurrí de sensaciones, vivencias o emociones, que a veces se nos atragantan sin poder hablar y hasta perlan sin querer los ojos a escondidas.
Un abrazo.
Ángel Peña.